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Bongo Bong -u.u- {B u r k }

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Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Harlow E. Hadley el Mar Mar 01, 2011 10:46 pm

Y cuando por fin parece posible haber conciliado el sueño, la alarma estridente del despertador que descansa sobre la mesilla de setecientos dólares, retumba entre las cuatro paredes que conforman el dormitorio principal de la casa cuya hipoteca sigo pagando. Suspiré con notoria pesadez, hundiendo la cara contra el almohadón de plumas. Cinco minutos más. Sólo cinco. Martes. 07:00 am. La calefacción había permanecido encendida durante las últimas semanas, y las gotas que chocaban contra el ventanal del dormitorio, indicaban que ésa sería una mañana mojadita. El paragüas a cuestas todo el día; una vez empezaba a llover, no paraba hasta pasadas unas horas. Un nuevo suspiro surge de entre mis labios a medida que busco, a tientas, el aparato que la sacó de sus ensoñaciones. Siempre en el mismo sitio. Inmóvil. Discreto. Preparado para tocarme las narices de buena mañana. Luego se apaga. Ya no suena. Vuelve a reinar el silencio y mis pies se mueven solos hasta conseguir sacarme de la cama. Todas las mañanas la misma historia: levantarme, cambiarme y salir a correr la media hora necesaria para espabilarme. Esa mañana era diferente. Con lluvia no corría, y si no corría eso sólo podía significar algo: que bien podía dormir un rato más y que me pasaría todo el día de morros. El día no pintaba bien y, además, me había levantado con el pie izquierdo. Literalmente.

Una ducha de agua fría con la tranquilidad de saber que mi madre ya debía de haber cruzado el umbral de la puerta de la entrada. Silenciosa y puntual como un reloj suizo, abriría la puerta a las ocho en punto. Prepararía algo rápido de desayuno y se encargaría, después, de Ivy durante gran parte de la mañana, al menos hasta la hora en la que debía de entrar en la guardería. Rara vez salía de casa estando ella despierta, y esa mañana no parecía ser una excepción. Entrecerré la puerta de su dormitorio después de haber depositado un beso de despedida en su cabeza, llevándome conmigo el Walkie con el que mi madre la controlaría desde la cocina sin necesidad de estarse moviendo cada cinco minutos para mirarla. Miré la hora en la esfera del reloj de Cartier que adoranaba mi muñeca derecha, pero fue pero el remedio que la enfermedad. Ya iba con retraso y ni siquiera me había terminado de tomar el café. Con el par de zapatos en la mano, me apresuré a recoger el bolso de mi dormitorio para abandonar la casa un par de minutos después, todavía descalza. No fue hasta que las puertas del ascensor se abrieron en mi rellano, que me puse los zapatos, encontrándome con la mirada divertida de Will, el hijo sobrehormonado de mi vecina de arriba. Rodé los ojos, buscando mi reflejo en el espejo que adornaba el interior del ascensor antes de que las puertas volviesen a abrirse.

Por lo general, Leeds era una ciudad aburridamente tranquila, pero el tráfico denso no faltaba cada mañana. Era salir del garaje y encontrarme con tropecientos coches parados frente a mí. El mismo panorama todos los días. Tamborileando los dedos contra el volante, volví a echar un vistazo a la esfera del reloj en busca de la hora que éste marcaba. Y media. Quince minutos sin movimiento, todo colapsado y con el limpia parabrisas sin parar de trabajar. Hoy podría haber sido un día relativamente corto si la suerte hubiese estado de mi parte. Podría haber llegado antes y, por consiguiente, podría haberme vuelto a casa mucho antes. Me daría tiempo de ir a recoger a Ivy a la guardería y pasar toda la tarde con ella. Sonreí, viendo como empezaba a destorcerse mi día cuando el coche que tenía delante por fin empezó a moverse. Más atascos. Más semáforos interminables en rojo. ¿Cómo querían que llegara relajada? No se podía avanzar más de un metro sin haberte detenido antes un par de veces. De cada veinte minutos, nos movíamos durante seis. Cuarenta minutos tardaría, sin tráfico, en llegar a mi puesto de trabajo, sin embargo, las dos horas en el coche no me las quitaba nadie. Inquietud, constante estado de alerta, sobresaltos... Uno de cada cinco conductores sufre alguno de estos síntomas al volante y uno de cada tres, si pudiera, no conduciría. Pues bien, yo me ofuscaba al volante y no cogería el coche, a no ser que no me quedase otros cojones. En casos de urgencia nada más. No me importaría ir caminando a todas partes si eso no implicase poner mi vida en riesgo por evitar atascos monumentales. Pondría el bicho que Jesse se había empeñado en comprar y me movería a patita con la niña. La guardería me quedaba a dos pasos de casa y siempre podía usar el metro para llegar al trabajo; no iba a morirme por tener que usar el transporte público. Millones de persona alrededor de todo el mundo, lo usaban a diario y no parecía caérseles las anillas por ello. -Es cuestión de acostumbrarse.

Día de lluvia, poca gente en la calle y poca gente que atender esa mañana. El chico de los mil y un dolores parecía haber tenido cosas que hacer esa mañana. Cinco horas y sólo dos consultas; un par de aspirinas y para casa. Día de lluvia, día tranquilo. Pasadas las dos de la tarde, ya me encontraba despidiéndome de la gente para marcharme, hasta el día siguiente; ya había sido suficiente por hoy. Sonreí, dejando caer el paragüas todavía mojado sobre los sillones de la parte trasera del coche. Ya no llovía y el día se había aclarado lo suficiente como para que decidiese pasar el resto de la tarde fuera de casa. Una nueva sonrisa se dejó caer. Si por la mañana no había quien se relajara conduciendo, a esa hora el tráfico era mucho más fluído y menos estresante que a primera hora. No provocaba ansiedad y llegaba tranquila a casa. Relajada. De buen humor. Marcaban las tres y poco cuando volví a cruzar las puertas del ascensor para entrar en casa, cambiarme de ropa y salir a buscar a Ivy; no tardaría más de diez minutos en tenerla colgada de mi cuello.

-¿Entonces te lo has pasado bien hoy? -Asentimos, divertidas las dos a la vez, entre achuchones antes de agacharme frente a ella para poder abrocharle bien los enganches de seguridad del carrito. Más vale prevenir que curar. Ya se había soltado una vez y su padre y yo nos vimos obligados a comprar otro trasto aparatoso y pesado, pero al que todavía no le había cogido el truco para lograr soltarse. -No, la abuela no va a venir con nosotras esta tarde, cariño. Nos iremos tú y yo a dar una vuelta, ¿qué te parece? -No necesité una respuesta clara, pues aquel atropello de palabras me dejaba claro que estaba más que feliz con la idea. ¿Cuántas veces podía ir a buscarla yo? ¿O cuántas veces podíamos pasar toda una tarde juntas, ella y yo solas? Pocas. Por esa misma razón había que aprovechar que me había escaqueado y que el tiempo se había puesto de nuestra parte. Salvo por lo del tráfico de por la mañana, el resto me estaba saliendo a pedir de boca. Poco trabajo, buen tiempo, tiempo libre. ¿Qué más podía pedir?

Vivir en el centro tiene sus enormes desventajas, pero también ventajas como ésta. No tardaba apenas nada en ponerme donde quisiese. Cine, centros comerciales, teatro; lo tenía todo prácticamente al lado. Por eso mismo no quería comprar el tanque. Es un gasto de dinero tonto. Gasolina, seguro. ¡Por no hablar de la contaminación! Resoplé, sentándome en el primer banco libre con el que me encontré después de un rato dando vueltas por el parque. Allí se respiraba tranquilidad, y Ivy era la prueba viviente de ello. Dormía tranquilamente, aferrada a la muñeca que su padre le había regalado días atrás. No la soltaba; dormía, comía y se duchaba con ella. Sonríe y ladeé ligeramente la cabeza, acercando el carro hacia mí para acariciar su cara, cuidando el no despertarla. -Mucho habías tardado en dormirte, cosita. -Negué entre suspiros, cogiendo el vaso de cartón con café que me había agenciado por el camino. Si pudiese yo también me acostaba a dormir ahí contigo aunque sólo sea media horita.
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Re: Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Gael Burkhardt el Mar Mar 01, 2011 11:43 pm

Desperté de repente. Las lágrimas inundaban mis ojos sin remedio alguno, impidiéndome ver con claridad la poca luz que se colaba entre las rendijas de la persiana de aquella habitación que por lo general permanecía oscura, sólo la lámpara de la mesita situada a mi derecha iluminaba día tras día la estancia. Las gotas de sudor aún corrían por mi frente, como echándose una carrera unas a otras, para ver quién llegaba antes a las sábanas, también empapadas en sudor. Otra pesadilla. Llevaba más de dos semanas teniendo el mismo sueño horrible una y otra vez, como si mi mente se hubiera atascado en un punto, y no pudiera ni ir hacia delante, ni hacia atrás. El miedo aún producía que mis manos temblaran y mi corazón pareciera el de un caballo a punto de terminar la carrera de su vida, la que daría millones a los pocos que apostaron por él. Todas las noches el mismo sentimiento de soledad, y todas las mañanas el mismo sentimiento de impotencia, mirando fijamente hacia la pared situada frente a mí, adornada con fotos de todos los momentos importantes en mi vida. Las únicas fotos que me habían permitido llevar conmigo una vez salimos de aquel odioso internado.

Suspiré, y suspiré, y volví a suspirar en un intento -fallido, todo hay que decirlo- por tranquilizarme. Colé las manos temblorosas bajo las sábanas y giré la cabeza, lo justo para acabar mirando al suelo. Rutina. Ahora debía mirar qué se había escondido debajo de mi cama toda la noche impidiéndome dormir tranquilo. Rutina. Otra vez, después de mirar, descubrí que no había más que polvo acumulado por todos lados, cajas de zapatos destrozadas por el perro de la casera, el libro que había comenzado a leerme hacía dos días y por último, un cuaderno de color azul fuerte, con letras en plateado, podía leerse con letra exquisita ''Gael Burkhardt, no tocar''. Nadie me lo había robado, ningún monstruo se había metido bajo de mi cama para darme miedo y no dejarme vivir, nadie, absolutamente nadie me había molestado. Era yo mismo el que permitía que el miedo se apoderase de mi ser como un tornado destroza una casa de madera en cuestión de segundos. El miedo que podías ver en cada una de esas fotos, en cada una de esas páginas escritas en bolígrafo negro medio gastado, en mis ojos, en mis manos, en mi corazón.-Ya está, Gael. No has donado. Yuju. Necesito una ducha.-Murmuré para mí mismo mientras me deshacía de las sábanas y las lanzaba a un lado de la habitación, para después abrirme paso entre la ropa tirada de la noche anterior hasta el baño.

Sólo me hicieron falta veinte minutos de agua fría para que el miedo se disipara hasta que, dentro de unas horas volviera con más fuerza que nunca a atormentarme, como siempre. Una vez pude dejar todo aquello a un lado, me vestí rápidamente con lo primero que había cogido del viejo armario que hacía las veces de refugio y otras de cárcel. Unos pantalones vaqueros, oscuros, zapatillas, sudadera roja y un gorro de lana que me habían regalado por mi decimosexto cumpleaños. Había que abrigarse bien, pues el día se había vuelto oscuro y descargaba su furia contra la ciudad en forma de agua y viento. ¿Cuántas veces había subido a la azotea de aquel triste edificio para dejar que el agua cayera sobre mí como si estuviera en una gran ducha natural? Después de una tarde como esa, me acatarraba un poco e iba como un rayo a ver a la doctora. Ella. La única persona a la que no me atrevía a mirar a los ojos, de hecho pensaba que nunca lo haría. Parecía que tanto ella como yo nos habíamos acostumbrado a estar en silencio durante el tiempo que duraba la consulta. Sonreí para mis adentros al mismo tiempo que abría la persiana para así ver como las gotas de lluvia caían haciendo más ruido que el de mi respiración, ya tranquila. Era una lástima que no pudiera subir un rato a empaparme, para ir a visitarla, ésta vez con un buen motivo, una enfermedad real, pero... Negué con la cabeza, apoyando después ésta sobre el cristal de la ventana. Tenía cosas que hacer, y si no me equivocaba, llegaba tarde a mi cita con el desayuno en el bar de la esquina, en el que ya se sabían de memoria lo que pedía, y más tarde debía ir a buscar trabajo a las afueras de la ciudad. Lo único que esperaba de aquel día era que no me embargaran las ganas de salir corriendo lejos de Leeds. Para siempre.

Para mi desgracia, y la de mi economía, me había gastado el poco dinero que me quedaba en el desayuno y en nuevo material para mi actividad favorita: escribir. ¡Adoraba escribir relatos! Y también otras cosas, como mi propia historia, que parecía sacada de una película con un buen director y mucha pasta de por medio para los actores, una trama increíble que todos querrían ir a ver al cine, pero una trama a la que nadie querría pertenecer realmente. Lástima que no pudiera dedicarme a escribir guiones para películas, lástima que no pudiera vivir de ello; y sobretodo, lástima que siguiera sin encontrar un trabajo. O era demasiado joven, o era porque no tenía experiencia, pero... ¿Cómo voy a tener experiencia si nadie me da trabajo? Unos compañeros me prometieron hace dos meses que hablarían bien de mí en su empresa para intentar meterme con ellos, pero tan solo era palabrería. Nadie me ayuda. Nunca. Aquellos a los que di la mano cuando se cayeron, rechazaron la idea de darme la suya cuando me caí. Cerré los ojos. Me encontraba fuera del último lugar al que había acudido para pedir un trabajo, con la espalda apoyada contra la pared blanca del local, pensé en lo que me esperaría si no encontraba nada en unas semanas. No podía pedir dinero a todo el que se me cruzara por delante, aunque... Quizás... Quizás un par de relatos me sacaran del apuro. Me presentaría a concursos y alguno ganaría seguro. No es por creerme más, o menos, pero mis escritos eran buenos, ¿vale? Y no sólo lo decía yo. Sino todo los que me conocían, los que me habían leído alguna vez.-Tengo que escribir, tengo que escribir.-Me repetí por lo bajo una y otra vez, antes de avanzar, carpeta en mano, hacia el parque en el que solía sentarme cada tarde a observar los árboles, el césped. La gente corriendo y los niños saltando de un lado a otro mientras sus madres, en un intento desesperado porque les hicieran caso, chillaban como locas sus nombres. Era el mejor lugar para que la inspiración acudiera a mí, y me permitiera rellenar un par de líneas, al menos.

El cielo ya parecía haberse aclarado bastante cuando llegué al ya nombrado parque. Todo seguía verde y olía a hierba mojada. No había tanta gente como en días anteriores, tal vez por miedo a que volviese a llover y tuvieran que salir corriendo a ponerse a salvo de las gotas de lluvia que amenazaban con destrozar sus peinados o producirles un resfriado. Qué idiotas. Miré hacia derecha e izquierda, antes de decidirme a dar un corto paseo por el lado derecho, en busca de un banco próximo a la zona donde los niños jugaban y descargaban toda su energía, manchando de paso su ropa por culpa del barro. Avancé lentamente, tanto que hasta a mí me parecía cansino, pero no me importaba lo más mínimo. Necesitaba respirar hondo en un lugar donde me sintiera cómodo, no importaba cuánto tardara en llegar, porque llegaría, y eso era lo más importante. Diez, veinte, treinta, treinta y cinco pasos hasta encontrarme con la persona que me curaba de espanto, literalmente, cada vez que aparecía en su consulta. La doctora estaba allí, con su hija. Ivy. Al menos eso parecía, no iba a llevar un carrito de bebé al parque si dentro no estuviera su hija, no sabía si estaba loca o no, pero... Joder. La mujer se acercó al trasto para decirle algo a la niña y sonreía, mirándola como si hubiera visto a un ángel. No era para menos. Esa niña le podría robar el corazón a cualquiera, y eso me incluía. Me hubiera gustado haber saludado a la pequeña y jugar con ella un rato, pero no parecía la mejor idea. Mientras estuviera la doctora no había nada que hacer. Sólo me quedaba el sentarme en el banco próximo al ocupado por la mamá y esperar a que se me ocurriera algo bueno, algo que mereciera ganar un maldito concurso para jóvenes autores que buscaban un poco de fama, y como no, dinero para cualquier capricho que sus padres no podían darles. Y eso fue precisamente lo que hice. Sentarme, mirar hacia el frente y despejar la mente, aunque costaba bastante ahora que sabía quién se encontraba allí conmigo. Relájate, imbécil.
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Re: Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Harlow E. Hadley el Miér Mar 02, 2011 1:23 am

Niños y más niños, acompañados de madres repipis que no soltaban la Blackberry ni para comer. Se preocupaban más por el estado de la camiseta GAP que llevaran los niños puesta, que por sus rodillas cuando acababan de bruces contra el suelo. ¿Acabaría yo siendo como ellas dentro de un par de años? ¿O quizás en tan solo un par de meses? ¿Empezaría a usar Chanel nº5 y a fumar cigarrillos light porque son más sanos? ¿Me desentendería de Ivy cuando tuviese un par de años más y se la enchufaría a mi madre con alguna excusa? ¿Pasaría por quirófano y me haría un par de liftings para borrar las marcas del paso del tiempo? Desafiaría a la gravedad. No, seguramente no haría nada de eso. Detestaría oler como mi madre o perder las expresiones faciales por tratar de quitarme un par de años de encima; nadie sabría si sonrío, rechino los dientes o frunzo el entrecejo. No iba a convertirme en nadie semejante a ninguna de esas. Yo me preocupaba por mi hija, yo quería a mi hija. Primero estaba ella, y después lo demás. Prefería pasar la tarde con ella que exprimiendo la tarjeta de crédito. Podía permitírmelo, pero pasar aunque sólo sea un rato con la bella durmiente, no tiene precio. No necesitaba vestir de marca, o un coche con un precio desorbitado. Suspiré, moviéndome hacia el extremo derecho del banco para hacerle hueco a una de las repipis anteriormente mencionadas. -No se preocupe. Eso de que el azúcar altera a los niños es sólo un mito. -Encogí los hombros, fingiendo desinterés mientras mecía el carrito. -Hay estudios que lo demuestran. -¿Y a ella qué coño le importa? ¡Ni siquiera me ha hecho caso! Zorra.

Por culpa de una vieja que ni siquiera había vuelto a abrir el hocico tras su primera y última intervención, la tarde se me empezaba a nublar. ¿No podía una venir al parque y disfrutar de la tranquilidad? ¿Encontrarse con gente amable con la que mantener un mínimo de conversación decente mientras Ivy se dedicaba a ser una niña? Resoplé, procurando no hacer más ruido del necesario y evitar así la mirada de desaprobación que me lanzaría mi recién estrenada amiguita. ¿No habían más bancos? ¿No tenía nada mejor que hacer? Rodé los ojos, aprovechando el poder esconderme tras las oscuras gafas de sol para hacerlo sin miedo alguno. Se inyecta botox, y además, quien quiera que se lo esté haciendo... sabe lo mismo que yo de física cuántica. Vieja bruja. Sonreí para mis adentros, llevándome el vaso de café a la boca para dar un trago antes de que se enfriara más de lo que por si ya estaba. Venía a relajarme, a beber café y a pasar tiempo con mi hija y lo único que conseguía era verla dormir, beberme el café más frío que la pata de un muerto y ofuscarme con una señora que ni siquiera se molestaba en contestarme cuando le hablaba.

Quizás debí de haber regresado a casa una vez hube recogido a Ivy. Quizás fue mala idea venir hasta el parque; ella estaba cansada y no nos vamos a mentir, yo también estaba deseando poder meterme en la cama y recuperar un par de horas de sueño. Con ella poco hubiese dormido, pero podría haber llamado a Jesse para que se viniese a casa con la excusa de que necesitaba que me echara una mano con la niña. Pero a verdad era que le echaba de menos a él; detestaba llegar a casa y encontrarme con la niña ya dormida. Ni siquiera me daba tiempo a despedirme de mi madre, pues cuando salía del dormitorio de Ivy, ya no había nadie más en casa que nosotras dos. La reducción de jornada no había sido mentira pero, por X o por B, siempre acababa quedándome hasta tarde. Rara vez conseguía salir de la consulta tan temprano como lo había hecho esta tarde. Al final resultó peor el remedio que la enfermedad. Trabajaba menos, pero seguía sin tener apenas tiempo que pasar con mi hija. Había dejado un trabajo de en sueño para meterme en un embrollo curioso. Clones. Habían abandonado inglaterra para instalarse en Leeds; huyendo prácticamente de aquellos quienes querían joderles el negocio. ¿Qué pasaría si se descubría el pastel aquí? Ellos tenían la opción de volver a meterse en cualquier ciudad del planeta, pero yo me vería con la mierda hasta el cuello. Negué con la cabeza, tratando de quitarme esos pensamientos de la cabeza. No va a pasar nada. Son simples donaciones, ¿qué hay de raro en eso?

Sin disimulo alguno, dejé el vaso de café ya vacío a mi lado, en el suelo, aprovechando entonces para echar un vistazo a mi alrededor. Las repipis con Blackberry seguían en su sitio, parecían ni poder moverse del sitio. Los niños seguían cada uno a lo suyo; algunos correteaban, algunos con suerte se columpiaban y Burkhardt parecía estar en la luna de Valencia. Fruncí entonces el ceño, quitándome las gafas de sol y forzando la vista para cerciorarme de que, efectivamente, se trataba del chico multi dolores en persona. Como se nota que hoy no le duele nada, que viene hasta a darse una vuelta por el parque. Últimamente se pasaba más tiempo dentro de mi consulta que fuera de ésta. Al principio fue mosqueante y me planteé seriamente el buscar a algún especialista que me ayudase con él, pero con el paso de los días, comprendí que sería malgastar mi tiempo además del suyo. Burkhardt no tenía nada. O bueno, quizás si. Tenía cuentitis aguda, pero no contagiosa, o al menos eso esperaba. ¿Qué hacía aquí? ¿Casualidad o no tanta? ¿De nuevo estaba aquí por Ivy? Mi madre es de todo menos discreta; todo lo que ve, todo lo que oye, acabo sabiéndolo.
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Re: Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Gael Burkhardt el Miér Mar 02, 2011 7:48 pm

Las palabras revoloteaban en mi mente como mariposas en la barriga de un enamorado, solo que a mí no me ponía nervioso, sino que me tranquilizaba saber que seguía pensando, que podía razonar y transformar cada una de esas palabras en extensos párrafos en los que contara mi vida, o la de cualquier otra persona que mereciera la pena. Fruncí el ceño antes de bajar la mirada hacia el cuaderno azul con mi nombre escrito en la portada, y otra vez en la primera página. Movía el bolígrafo de un lado a otro, haciendo que tocara con la madera gastada del banco donde había decidido sentarme, produciendo así un sonido detestable a la larga, como cuando algún listo o lista, coge un globo y hace ruido con él en tu oído. Empezaba a cansarme del bloqueo que tenía en las manos. No se movían por mucho más que se lo pidiera a ambas. Una y otra vez, por favor, moveros, escribid algo. Lo que sea. Y allí seguían, inmóviles sobre el cuaderno, como si no tuvieran ganas de dar vida a otra triste historia más sobre la muerte y el dolor que emanaba de los seres que mantenían un fuerte vínculo con el fallecido. Quizás iba siendo hora de cambiar de registro y relatar algo alegre, que hiciera sonreír a cualquiera que lo leyera, en vez de permitir que derramara lágrimas sobre el papel. Una historia bonita y alegre, bonita y alegre, bonita y alegre... ¡Ya sé!

Miré hacia el lugar donde seguía sentada la doctora con su pequeña hija, Ivy, quien me había hecho perder la cabeza, y no literalmente. La había conocido hacía solo un par de semanas, cuando las visitas a su madre iban en aumento por culpa de mi necesidad de un refugio, de algo de protección y calor de hogar. Recordaba el día perfectamente, como si hubiera sido ayer. Salí de la consulta sin nada entre las manos, ni recetas para comprar algún medicamento ni nada parecido, no tenía nada; aunque eso ya lo sabía antes de entrar. Me senté en la acera a esperar que aquella mujer despampanante saliera del trabajo y se dirigiera a su casa, quería saber dónde vivía, por si algún día se me ocurría la muy mala idea de escalar hasta su ventana y verla durante toda la noche. Para mi desgracia, no iba a pie a ningún sitio. Se fue en coche y a mí me dejó con el alma a los pies. ¿Qué tenía que hacer para encontrármela de nuevo? Nada, ya. Pasé toda esa tarde de un lado para otro, leyendo un libro horrible que me habían recomendado. No se me ocurrió nada más relajante que dar un paseo por el parque en el que en ese mismo momento me encontraba. En ese mismo asiento. Sonreí casi sin poder evitarlo. La pequeña Ivy ese día parecía estar muy contenta de estar acompañada por una señora mayor, que pronto comprendí que era su abuela. No me parecía una muchachita fuera de lo común, ni si quiera me había fijado en lo que hacía, cuando de repente algo sucedió. No sé cómo ni por qué, pero acabó en el suelo y llorando por mi culpa. No penséis mal, porque no le puse la mano encima. Ambos tropezamos y como es obvio, la perjudicada fue ella. Después de levantar, secarle las lágrimas y comprarle un regaliz bajo la atenta mirada de su abuela, quien no parecía contenta, ni tampoco molesta conmigo, Ivy pasó de ser una niña cualquiera en un parque cualquiera, a convertirse en una buena amiga. Apenas podía pronunciar frases con coherencia, pero yo la quería como el que más. Como si fuera una hermana que había aparecido por arte de magia después de tantos años para alegrarme las tardes. Unos días después del primer encuentro fortuito descubrí de quién era hija, y eso me confirmaba que la doctora y yo teníamos algo pendiente en una vida anterior. El destino nos reencontraba ahora para que arreglásemos lo que quiera que tuvimos. Ahora bien, la pregunta era, ¿cómo coño iba a acercarme hasta ella y hablarle si ni siquiera sabía que conocía a su hija? ¿o sí? Ladeé la cabeza ligeramente, observando aún la figura de la joven mujer que arrancaba suspiros a más de uno e incluso me atrevería a decir que a más de una también. ¿Le habría contado la abuela de Ivy que me conocía? ¡Maldita seas, señora! ¡Ahora me lo pones todo más difícil!

Comprendía que si hablaba con la niña, quizás y solo quizás pudiera escribir algo digno de admiración, pero para eso tenía que acercarme a la madre también, y ese plan ya no me gustaba tanto. Nunca había sido un hombre de muchas palabras y en esta ocasión no iba a ser diferente. ¡Pedía la comida en los restaurantes porque no tenía tanta desfachatez como para hacerme pasar por mudo! Se me hacía muy difícil caminar hasta allí y pedirle permiso a Hadley para saludar a su hija. O... Bueno. No tenía por qué pedirle permiso. Con ir hasta allí como quien no quería la cosa para permitir que Ivy me viera y viniera hacia mí sería suficiente. El plan saldría a pedir de boca, si no fuera porque no tenía ni reverenda idea de si la pequeña estaba dormida o no. Voy o no voy, voy o no voy, ¿voy? No... Bueno, sí. No, mejor no... Arg. Voy.

Un momento después ya estaba en pie, y había dejado todo sobre el banco, siempre 'echándole un ojo' para que no se lo llevasen los críos o algún maldito ladrón que aprovechase la oportunidad para robarme un lápiz, una cartera, y las pocas monedas que aún aguantaban dentro de ella. Miré hacia arriba para darme cuenta de que el tiempo comenzaba a darse la vuelta otra vez, dejando el color azul para más tarde y dándole otro color, el gris. Como lo odiaba. ¿Por qué no podía volverse negro? No, no. Tenía que ser gris. Un color feo y sin gracia alguna, que danzaba entre las fronteras del blanco y el negro, sin decidirse por ninguno de los dos. El gris era el color de la inseguridad y la falta de personalidad, de la tristeza y la soledad. Se llevaría todos los premios al peor color si el juez fuera yo mismo. ¿A Hadley le gustaría el gris? Quién sabía... Con lo extraña que parecía ser la doctora, a lo mejor no le gustaba ningún color, y se conformaba con que todo, absolutamente todo fuera incoloro, como el agua. ¿Y el agua, le gustaría el agua? Lo mejor sería dejar de hacerme preguntas de una santa vez y saludar a Ivy antes de que comenzara a llover como lo había hecho aquella mañana en la que las pesadillas se hicieron dueñas de mi cama una vez más. A cada paso que daba, más miedo me daba el hecho de que Hadley me diera una patada en el trasero para que me alejara de su hija, pero por suerte contaba con el factor valentía, que no me abandonaba nunca, y en un par de pasos y miedos más, había llegado a su altura. Si me inclinaba hacia delante podría darle dos besos y tal vez preguntarle qué tal el día, qué hacía por allí con la chiquitina, pero nada salió de entre mis labios. Ni una sola palabra, ni un solo sonido que representara lo alegre que estaba por habérmela encontrado en el parque, en ese momento. -Ivy... -Murmuré al ver como la niña dormía plácidamente. Cuanto antes se despertara, antes acabaría con el silencio incómodo que se había hecho de repente, y con la tensión que por cada segundo iba subiendo, cada vez más, cada vez más, hasta llegar al punto de poder cortarla con un cuchillo.

La niña no se hizo de rogar, y después de llamarla entre susurros un par de veces, abrió los ojos y los clavó en mí. Parecía que se estaba preguntando primeramente dónde estaba, y quién demonios era el muchacho que la había despertado de su maravilloso sueño entre piruletas y príncipes azules.-Pensaba que no iba a volver a verte. ¿Dónde estabas metida? -Dije en voz baja, antes de sonreír como lo había hecho su madre en la ocasión anterior. Ahora no me apetecía ni girarme hacia ella, pues sabía que en cuanto me tuviera a tiro, me daba una hostia. En efecto, no conocía a Hadley y ya pensaba que era una persona sumamente agresiva e hiriente, pero sólo había que ver la forma en la que se movía, sus gesto, su voz. Me daba miedo.-¿Quieres chuches? No he traído ninguna, pero puedo comprar alguna, si tu... Madre quiere.-Comenté como quien no quería la cosa, mientras me afanaba por liberarla de semejante cacharro caro en la que la habían metido. ¿No se daban cuenta de que la pequeña no podía ser feliz en ese carromato? ¡Iría feliz y contenta si la llevaran en brazos! Pero no, seguro que nadie quería romperse una uña en el intento. Una vez hube dejado de pensar en uñas, y en lo difícil que se hacía sacar a Ivy de ahí, pude dejar que me abrazara y se colgara de mi cuello como un monito de zoo. ¡Cuánto tiempo! -Ay. Cada día estás más fuerte. ¡Y tienes el pelo más largo! Vaaaaaya.

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Re: Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Harlow E. Hadley el Miér Mar 02, 2011 9:15 pm

¿Viene hacia aquí? ¡Viene hacia aquí! Lo que sólo podía significar una única cosa: mi madre había tenido razón cuando me habló del supuesto chico misterioso que se habían encontrado en el parque y del que tanto hablaba Ivy cuando conseguía llegar a casa y encontrármela aún despierta. Su novio. No era producto de la imaginación de la niña, ni de la de la señora McGuinness tampoco. Era real, o al menos casi real. Ese chico misterioso existía y resultaba ser el mismo que se plantaba en mi consulta, día sí y día también, con excusas cada vez más tontas. La única con pies y cabeza fue el hueso que se rompió; su primera visita y la única con un motivo. Después de aquello, me atrevería a decir que sus visitas no tenían un motivo médico aparentemente real. Nada que no solucionase el quedarse en casita, metido en la cama durante un par de días. El cuento se cura con un poco de descanso. Nunca se había quejado por que no me molestase en recetarle nada, ¿pero cómo iba a tener la poca vergüenza quejarse cuando sabía perfectamente que no le pasaba nada? Era la prueba del delito. Si algo te dolía, exigías que te recetaran algo. Él no decía nada. Guardaba silencio y se marchaba sin abrir la boca, y sin nada entre las manos. Siempre callado, siempre en silencio. Aquello, en un principio, pensé que podría haber gato encerrado. ¿Y si estaban todos planeando armar un motín? ¡Yo lo haría! La idea no era descabellada si se tenía en cuenta la situación actual de todos aquellos muchachos. ¿Por qué razón iban a aceptar lo que les tocaba vivir sin tratar de evitarlo antes? ¿Por qué no tratar de salvarse a ellos mismos en vez de a otra persona? Era lo más lógico. Pero obviamente aquello que pensé, jamás llegó a suceder. Nadie llegó y aporreó la puerta. Nadie intentó irse o resistirse. Sus visitas se debían a otros motivos; unos menos salvajes o eso esperaba. Si nada le dolía, nada tenía pero, aún así, seguía apareciendo por allí. Sólo me quedaba una opción con tres respuestas posibles. El enfermero que me acompaña le gustaba. O tal vez fuera yo. O tal vez fuera mi hija. En cualquiera de los casos su presencia en el parque no me terminaba de gustar. Me incomodaba. Me perturbaba.

-Me parece a mí que hoy alguien se encuentra mucho mejor. -Espeté, alzando las cejas más que sorprendida al ver la naturalidad con la que pasaba de mi culo e insistía en despertar a la niña. ¿No entiendes que es pequeña y que está cansada? Fruncí entonces el ceño, cruzándomde brazos y limitándome a guardar silencio mientras observaba a ambos. Lo más normal es que Ivy hubiese seguido durmiendo, pero la insistencia del muchacho pareció surgir efecto y consiguió su objetivo. Despertarla. A los primeros parpadeos le siguieron una sonrisa y un abrazo que no tardó mucho en llegar. Me encanta que me cojan a la niña. Así. Por la cara. ¡Como si fuese suya! No solo la despertaba, sino que, no conforme con sacarla de sus ensoñaciones, también la sacaba del carro sin que a mí me diese tiempo a evitarlo. Ahora entiendo a mi madre; increíble pero cierto. Entendía que le diera respeto venirse ella sola con la niña. ''¿Y si pasa cualquier cosa, Harlow? No me lo perdonaría jamás. Prefiero que nos quedemos en casa y así nos vamos a quedar todos muchos más tranquilos.'' Al principio pensaba que sólo era una excusa para librarse y así poder seguir la serie de Fox a la que estaba enganchada, pero ahora que lo vivía en carnes propias... Suspiré algo más relajada al ver como Ivy parecía no correr riesgo alguno con Burkhardt. Sonreía. No parecía que fuese a dejarla caer o a quitarle la muñeca con tal de hacerla llorar. No parecía querer hacerle daño, sino más bien todo lo contrario. Dejé que mi cuerpo se destensara y dejase de estar en alerta, sonriendo al ver como lo hacía la niña una vez más. -¿Así que tú eres mi yerno? -Pregunté con cierta curiosidad, desviando la mirada de la niña para mirarle ahora a él. -Me quedo mucho más tranquila al saber que no la vas a llevar a casa en moto. Porque no tienes moto, ¿verdad? -¿Por qué no puedo decir las cosas con un poco más de chispa? ¿Borderío? Quizás, pero esta vez no, pero sólo porque la situación no me hacía ninguna gracia. ¿A él qué le importaba donde estaba metida o no? La cuestión era precisamente esa. Que el chico misterioso no volviese a verla, pero has tenido que aparecer.

-No tienes que comprarle nada. O espera, no. Me corrijo: no quiero que le compres nada a mi hija. Y mucho menos que le compres chucherías. El azúcar altera a los niños. -¡Pero mira que eres mentirosa! Acabas de decirle a la estirada que era sólo un mito, una leyenda urbana y ahora... -Así que muchas gracias, pero no hace falta. Ivy y yo ya nos íbamos. -Otra mentira más. ¿Pero qué más da? Él eso no lo iba a saber, y yo no tenía por qué darle ningún tipo de explicaciones ni tampoco tenía compartir a mi hija con un desconocido Conocía su tipo de sangre, pero no sabía que tenía dentro de la cabeza. Mis conocimientos psicológicos eran más bien los básicos. Así que en vez de usar la psicología inversa y seguir mintiendo, opté por levantarme del banco y recuperar a mi hija, quien no tardó en mostrar su descontento. -¿Así que por qué mejor no te vas a casa? No creo que tarde mucho más en empezar a llover, y así evitarás tener que pasarte por la consulta mañana con un catarrito.
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Re: Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Gael Burkhardt el Jue Mar 03, 2011 12:27 am

Hadley no me permitió cruzar ni siquiera un par de frases sencillas con la niña, lo justo para saber cómo estaba, si había hecho amigos en la guardería, si pretendía quedarse en el parque durante toda la tarde para jugar con los demás críos que seguían con sus juegos, ajenos a lo que se encontraba frente a ellos. Los padres no tardaron en girar la cabeza y mirarnos, perdón, mirarme, como si hubiera matado a alguien, o algo peor, si es que lo hay. ¿Por qué no se metían en sus malditos asuntos? ¿Se pensaban que era uno de esos tipos que se divertía secuestrando niños para luego... Hacerles cosas? ¡Oh Dios! No quería que me miraran, que observaran mi pelo revuelto o la pulsera que adornaba mi muñeca izquierda desde que tenía uso de razón. Tapé ésta automáticamente con la mano derecha. ¿Cuántas pulseras como la que llevaba yo, tendrían por ahí cientos, o miles de muchachos? Si el dolor que te envolvía durante todos los días hasta el resto de tu vida iba en aumento, peor era el hecho de llevar algo que te lo recordara a cada momento. Sonreías, y al mirar hacia tu mano la borrabas, incapaz de articular palabra alguna o de esbozar la más falsas de las sonrisas. Éramos esclavos destinados a morir pronto, sin posibilidades de escapatoria, a no ser que mataras a tu original y no se pudiera hacer nada por él. Entonces se suponía que te dejaban libre para siempre, y serías uno entre un millón. Al menos eso contaban en el internado, cuando las luces ya se habían apagados y comenzábamos a susurrar para que ningún cuidador nos echase la bronca y nos dejase sin fútbol a la mañana siguiente. En aquellos tiempos nadie sabía con claridad lo que pasaba, por qué llevábamos una pulsera o por qué eran tan estrictos con nuestra forma de vida, aún recuerdo el terror que nos producía pensar en qué pasaría si cruzábamos al otro lado...

Clavé la vista en Ivy, quien no parecía contenta con la decisión de su madre de volverse a casa sin antes despedirse, y sin comprarle una chuchería. Tenía los labios fruncidos y la nariz arrugada, como si quisiera chillar y llorar a la vez porque no dejaban hacer lo que quería. Era curioso descubrir las diferencias entre cómo veíamos la vida los que estábamos al borde del precipicio y aquellos que tenían toda una vida por delante para disfrutarla. Ivy tan solo quería jugar un rato conmigo y Hadley se preocupaba por si le compraba chuches o... Tenía moto. Suspiré, encogiéndome de hombros un momento después. Quizás esa madre coraje debería preocuparse más por las cosas buenas para su hija, y menos por las tonterías que soltaba por esa boca. ¡Sólo le estaba pidiendo pasar un rato conmigo! ¿Qué iba a hacer? ¿Llevármela? ¿Para qué? ¡Aunque lo hiciera no llegaría muy lejos! Y volvía al tema de la pulsera, porque para fortuna o desgracia, ella -aparte del sentido común y el resto de valores que había adquirido con el paso del tiempo- me impedía llevármela. Que mi vida estuviera llegando a su fin también me impedía hacer cualquier cosa tan terrible como en la que parecía pensar la doctora. Me frustraba no poder dirigirme hacia ella y pedirle por favor que se quedara un rato más. Cuanto más miraba los ojos de Ivy, más me daba cuenta de que tenía que hacer algo para que permanecieran allí unos minutos más, pero si nunca había hablado con la doctora, ahora no tendría valor para hacerlo. Tenía miedo de que al abrir la boca, al sentirme tan seguro entre aquellas cuatro paredes con olor a hospital, frente a esa mujer con bata blanca, le contara todo lo que pensaba, mis dudas, mis miedos y las situaciones desagradables por las que había pasado a lo largo de mi vida; y lo peor de todo es que no solo tenía miedo a decir todo eso, sino que después me ignorara, que hiciera oídos sordos y se diera media vuelta, no sin antes mandarme a casa, o aún peor, podría retenerme en la sala durante horas mientras hablaba con sus superiores sobre el tema que me venía atormentando más que de costumbre las últimas semanas, y acabarían por meterme en cualquier lado sin posibilidad de escapatoria, de caminar por las aceras pocas veces atestadas de gente de la ciudad, esperando a la hora en la que todo se pondría patas arriba. Cerré los ojos durante unos segundos. Ya podía sentir la espalda contra la superficie de la camilla, fría como el hielo.

No, no, no y una vez más, no. Hadley no podría hacerme eso. ¡Nos conocía a todos de sobra! ¡Y digo yo que un poco de corazón tendría, con esa hija tan maravillosa! Tenía que confiar en ella. Si no, ¿con quién demonios iba a hablar? Además, era doctora, ¿no? Tendría que saber algo de psicología, o... Yo que sé. Lo único que quería con todo lo que parecía decidido a hacer era simplemente, que me escuchara. Que se sentara en el banco del que se acababa de levantar para quitarme de los brazos a su pequeña y me mirara. Entonces podría observar sus ojos y contarle todo lo que me ocurría, mostrarle mis inquietudes. Con ella me sentía como en la casa que nunca tuve. Un refugio en el que esconderse en los tiempos malos, como los que ahora se avecinaban tanto para mí como para el resto de mis compañeros. Los originales cada vez estaban peores, según me informaban y tarde o temprano empezarían las donaciones para muchos de nosotros. Decidido, sí. Hablaría con ella, y sería en ese mismo instante, en medio de un parque atestado de niños pequeños con ganas de ensuciarse hasta la punta de la nariz, así que respiré hondo, muy hondo, aún con la cabeza agachada, como de costumbre, antes de soltar una primera frase incoherente, las palabras se atropellaban unas a otras y por un momento pareció que hablaba Ivy en vez de yo mismo. Respiré hondo una vez más y... -No se vaya, por favor. Solo quería saludar a Ivy. No le compraré chuches ni la pasearé en moto si no quiere, pero quédese. Yo... Necesito hablar con usted. Ahora mismo. No puedo esperar a mañana para ir con el catarrito a la consulta. Hay mucha gente allí. Por favor. Solo será un momento. Escúcheme. Usted tiene que curarme, ¿no? Es su deber. Ayúdeme o... O... -Miré hacia Ivy, que parecía no comprender nada de lo que estaba diciendo, y negué con la cabeza al momento. No podía amenazar a nadie. -He esperado mucho tiempo para esto. Sólo le estoy pidiendo que se siente en ese banco cinco minutos y me escuche.
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Re: Bongo Bong -u.u- {B u r k }

Mensaje por Harlow E. Hadley el Jue Mar 03, 2011 2:33 am

Y si antes había optado por volverme a casa y dejarle ahí con sus cosas, esas últimas palabras no me iban a permitir que me marchara de rositas; no podía irme e ignorar que ninguna palabra había salido de entre sus labios. Acabaría arrepintiéndome después por haberlo hecho. Más vale arrepentirse de haber hecho algo, que arrepentirse de no haberlo hecho. Era la primera vez que escuchaba su timbre de voz y debía de reconocer que incluso llegué a sobresaltarme; no se había atrevido a soltar palabra alguna desde que llegó a Leeds y acabó en mi consulta con un brazo roto. Ni una sola palabra. Jamás. Ni para saludar, ni para despedirse. Ni una mueca de dolor, ni un 'au' cuando escayolé. Nada. En su historial no aparecía nada que me hiciese pensar que no tenía voz; si no hablaba era porque no quería hacerlo, no porque no pudiese. No había otra explicación. Si quería hablar, que lo hiciera, no pensaba encañonarle con una pistola para hacer que me diera los buenos días. Suspiré, asintiendo levemente antes de agacharme para dejar a Ivy en el suelo y verla a los pocos segundos corriendo para encontrarse con el resto de niños. -¡Ten ciudado! -Sonreí al verla llegar de una sola pieza al otro lado, saludándola con la mano cuando ella hizo el mismo gesto para mí. ¿Por qué pensaba, hasta hace un rato, que hoy iba a poder disfrutar de un día tranquilo? ¡Yo nunca tengo uno de esos! Si ahora el jovencito que tenía frente a mí decidía hablar, era porque algo importante tendría para decirme. No iba a romper su voto de silencio para pedirme un par de monedas y así poder comprar las chucherías que le había ofrecido a Ivy momentos después de haberla despertado. Resoplé, ésta vez sin importarme si molestaba o no a la señora que nos acompañaba y que parecía no poder apartar los ojos de nosotros. Si alguna vez me convierto en una vieja cotilla, además de estirada, que alguien me mate. Porfavor. Volví a ocupar el mismo lugar que había ocupado en el banco hasta antes que él llegara, con la diferencia de que, esta vez, mis ojos estaban fijos en la pequeña silueta que se columpiaba a un par de metros de donde nos encontrábamos.

-¿Te encuentras bien? ¿Está todo bien? ¿Ha pasado algo? -Pregunté como quien dispara a ciegas, clavando, por un par de segundos, los ojos en él. Buscaba una respuesta que, a simple vista, no me dio a conocer. Que fuese un poco borde, no significaba que lo que le ocurriese a mis pacientes me la trajese al pairo. Ojalá fuera así de fácil. Fruncí el entrecejo para luego alzar las dos cejas, invitándole de esa forma a contestarme. No iba a morderle -no si no me daba motivos-, y ahora que había empezado a hablar más le valía continuar y no hacer que me arrepintiese por no haberme ido cuando lo dije. Paciencia no era algo de lo que tuviese en dósis desorbitantes. Es más, de eso gastaba más bien poco. Lo justo. Me había pedido cinco minutos, y cinco minutos tenía antes de que volviese a levantar el culo y me fuera para casa. Tenía mil cosas todavía por hacer, entre ellas darme una ducha para meterme entre las sábanas y que Ivy me enrada el pelo más. Resoplé, volviendo a buscar a Ivy con la mirada para, así, clavar los ojos de nuevo a él con la tranquilidad de haber comprobado que la niña estaba bien y seguía donde último la había visto antes. -El tiempo es oro, Burkhardt. -Y eso tú lo sabes mejor que yo. -¿Vas a hablar o voy a tener que esperar a que vuelva a ocurrir un milagro y te dignes a volver a hablarme? Si lo que pasa es que te encuentras mal, pero te empeñas en seguir callado, puedo sacar la bola de cristal de mi bolso y tratar de averiguar qué te pasa, pero me ahorrarías tiempo y esfuerzo si me lo dijeras tú directamente. Sin marear mucho la perdiz, a ser posible. -Casi prefería que no hubiese abierto el hocico, al menos no ahora. Ha tenido mil y una ocasiones para hablar conmigo y había elegido el peor de todos. -Mi deber es curarte, sí. Pero si no me ayudas, poco puedo hacer aquí. Ahora. ¿Seguro que no puedes esperar hasta mañana?

La curiosidad empezaba a picarme la planta de los pies, y sería cuestión de segundos que me subiese por el cuerpo. ¡Venga, habla ya! ¿Por qué no lo haces? Empezaba a desesperarme, de nuevo. Era como volver al atasco de esa mañana. Agobiante. Y el par de ojos pardos de la señora sentada a mi derecha no me ayudaba precisamente. ¿No podía al menos mirar con un mínimo de disimulo? ¿Fingir que no lo hacía? ¿Para qué se ha inventado eso de mirar de reojo? Es menos molesto. ¿Y por qué se reía ahora? El muchacho se había atropellado un poco cuando empezó a hablar, pero tampoco creía que ese fuese el motivo. Al menos no cuando han pasado un par de minutos de eso. Negué para mis adentros, suspirando al creer saber lo que podía estarse imaginando. Aún llevaba la alianza, ¡pero él es todavía un niño! No recuerdo que edad tiene exactamente, pero... Es un crío, y además el novio de mi hija. Deje de pensar guarradas, gracias. No estaba pendiente de quien fuese su hijo, pero sí lo estaba de nosotros. No sabía que fuésemos tan interesantes. Nosotros no éramos interesantes, él lo era, pero eso ella no lo sabía. Lo que fuera a contarme lo sería, y ella tampoco lo sabría. Todo lo relacionado con él, y los que son como él, lo era. En ocasiones como esta no me arrepentía de haber dejado todo por meterme en toda esta historia. Por meterme en la boca del lobo. Seguía haciendo lo que me gustaba, pero con algo más de emoción. No era algo aburrido, sino entretenido. Diferente. A veces sentía que era como estar metida dentro de un guión de alguna película. Lo que había pensado que era una broma, ya no me lo parecía tanto. Era real. Aquello realmente estaba sucediendo. Ellos morían para salvar a otros que pagaron para que fueran creados. ¿Podrían, esas personas, dormir por las noches? No, como yo. Cualquier persona con un mínimo de conciencia no podría conciliar el sueño sabiendo lo que hacemos con esa gente. Porque sí, hace un tiempo que acepté que mis manos no estaban limpias. Yo misma me empeñé en ensuciarlas.
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