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- No es por nada, simplemente lo veo extraño. {A u g u s t }

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- No es por nada, simplemente lo veo extraño. {A u g u s t }

Mensaje por Caoimhe H. Rutherlesh el Lun Mar 07, 2011 10:52 pm

La rubia se aproximó ligeramente hacia aquella pintoresca cafetería. Después de una gran exposición de obras de arte, debía descansar un poco. El sitio estaba totalmente desierto: no había incluso presencia de ningún camarero, y eso era bastante extraño, más que nada infrecuente. Caoimhe le recordaba a una pintura que había visto recientemente y le había causado una curiosidad bastante imperceptible. Sus ojos rodaban, como bolas de billar al ser golpeadas por el palo, de nombre desconocido, y no tenía otra opción que sentarse, pues debía reposar después de aquella caminata. Desveló de su bolso su móvil, más bien una especie de ladrillo deforme, y miro la hora. La una y cuarto, marcaba aquel reloj digital. Se había acostumbrado a no haber nadie, y se tomó algunas libertades, quizás bastante impertinentes a las reglas más ortodoxas.

Las ventanas de aquel establecimiento estaban cubiertas por una especie de cortina, con un estampado casi peculiar. Estaban compuestas por unas flores negras y arcos de color plateado, y estaba bordado con texturas de espino. Qué barbaridad, pensó la rubia, pues aquello se veía tan paradójico dentro de la sala tan acogedora, que ni el peor director de cine se lo habría creído. De repente, sale de una especie de cortina una señora. Iba vestida con un lujoso traje de camarera, aunque su expresión no era tan lujosa. Al contrario, parecía desagradable, más bien desosegada. Con una libretilla empezó a hacer cuentas de precios, hasta llegar a la mesa de Caoimhe.

- ¿Qué quieres tomar?

La voz de aquella mujer sonó tan desagradable que hasta las paredes crujieron. No fallaba, se cantaba desde lejos que era un ser un tanto especial. Esta no tardó de responder con dulzura y educación. – Ponme un té con limón, por favor. –contestó acto seguido, mientras se fijaba de manera descarada en las imperfecciones de la mujer. ¡Qué pedazo de lunar, y vaya pelo! Perdón, no, ¡tiene más pelos! ¿Pero aquella señora sabía utilizar una tirita con cera, o es que se le olvida? Aquella arrugada la miró con misterio, quizás con desprecio, y se fue de la mesa con un pesado caminar hacia la barra.

Ahora se sentía más incómoda que nunca. Cao nunca había sido tan impertinente. Y lo peor, sabía que había incomodado a la mujer. Tampoco iba a pedirle disculpas por lo cometido, ni mucho menos querer saber su nombre, por lo tanto, quedó en una postura bastante rígida y sólida, como una escultura de las muchas que había en el museo de arte. Aquel viaje fue más que nada espiritual. Era tan apasionante aquello del arte. Ya comprendía cómo podían ver el sentido aquellos artistas que en su época correspondiente, a través del corazón. Y después de viajar por aquellos lugares recónditos de aquel músculo, pudo descifrar el mensaje que contenía. Lo que más aparentaba felicidad, en realidad aparentaba tristeza y dolor. En cambio, se producía el mismo método pero inversamente.

La camarera tardó más tiempo en llegar que una mosca morir en la ventana de una habitación. Además que el tiempo se pasaba muy lento, para ella le costaba más hacer rápido su oficio. El paso seguía siendo lento, pesado. Cao no aguantaba mucho más. Su mirada se afeó, pero no hacia ella, sino hacia los alrededores. Una vez obtenido el vaso con el té, se lo agradeció con desgana. Esta cogió el vaso y le dio un sorbo a aquella bebida. Mmm, la verdad es que no estaba nada mal, tenía un sabor bastante dulce, y con el limón le daba un toque de acidez, aunque no le quitaba todas las propiedades. De repente, la rubia vio entrar a una figura desconocida. ¿Quién sería? Unos pasos más adelante pudo descubrir que era un hombre. El rostro de mostraba impecable, sin ningún tipo de impurezas, pero la mirada era sin duda penetrante, algo fría en un principio, pero se suavizó unos segundos después. Le echó una mirada inmediata, y tan corta como el disparo de una pistola. Miró al frente, y siguió bebiendo poco a poco su té.
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Caoimhe H. Rutherlesh
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