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E. Verŏnika Wëgbver.

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E. Verŏnika Wëgbver.

Mensaje por E. Verŏnika Wëgbver el Jue Mar 03, 2011 4:48 pm

{Edda VERŎNIKA Wëgbver Holt}

"ELLA NO ES FELIZ, TAMPOCO INFELIZ... SIMPLEMENTE ESTÁ VACÍA"

    » DATOS PERSONALES

NOMBRES: Edda Verŏnika.
APELLIDOS: Wëgbver Holt.
APODO: Nika, Nikki. Rubita, pequitas, Cherry Lips.
FECHA DE NACIMIENTO: 12 de Marzo.
GRUPO AL QUE PERTENECE: Habitantes.
¿QUÉ HACE ACTUALMENTE?: Está... perdida. Acabó sus estudios secundarios, y comenzó una 'carrera' de modelaje, pero es difícil predecir hasta qué punto va a aguantar.

    » ASPECTOS

DESCRIPCIÓN FÍSICA:
Freya Mavor:
DESCRIPCIÓN PSICOLÓGICA:

Verŏnika es como un truco de magia; un juego de luces y humo que te deslumbra, dejándote lo suficientemente alucinado como para que no te percates de que es sólo una pantalla. Te distrae con sus tirabuzones dorados, sus tintineantes pecas y su sonrisa diez; sonríe, sonríe todo el tiempo para que no le prestes atención a la tristeza azul de su mirada.
No es simpática, pero es magnética. Inevitablemente, las personas se le acercan olfateando la promesa implícita de que te llevará al mundo de la genialidad, de la ropa bonita, la popularidad y las fiestas a las que te dejan colarte sólo porque luces bien. Y ella se esmera por cumplir aquél rol hasta desgastarse.

Te tratará bien si le dices lo que desea escuchar... si aceptas su pantomima, su aparente felicidad sin cuestionar absolutamente nada: rápidamente ingresarás a su escasamente limitado círculo de personas cercanas-non-cercanas; si, por el contrario, eres alguien con dos dedos de frente, que no necesita de ella para sentirse realizado, será mucho menos que descortés.
No parece que precise nada, pero depende de ti. No parece que algo pueda derrumbarla, pero su susceptibilidad está enredada en tus manos y sólo basta una palmada para hacerla sucumbir. No debería tener que envidiarle nada a nadie, pues lo tiene todo en apariencia, pero secretamente -tan secretamente que ni ella misma lo sabe- te envidia, aunque lo recubra con un odio infundado. Te detesta porque la detestas. Te envidia porque ella no tiene el valor suficiente para ser sí misma, para ir contra toda regla y hacer lo que se le antoje. Da la imagen de ser la chica perfecta, pero en realidad es hipócrita y mediocre: una niña asustada que no se atreve a asumir, ni mucho menos enfrentar, sus miedos, ni a rebuscar en su alma cuáles son sus propios anhelos.
Su autoestima, la seguridad que destila por los poros, es una farsa: se sostiene en bases de adulaciones y halagos; su fortaleza es una máscara que se le ha adherido a la piel; su vitalidad es una inyección que se coloca cada mañana; su eje hace mucho que perdió el equilibrio. Más, a falta de comida sustanciosa, se ha tragado el personaje que la forzaron a crear, y lo ha alimentado con el transcurso de los años, adoptando a aquella invención como algo muy suyo, sintiéndose falsamente satisfecha consigo misma.
Aprendió a aparentar la calma cuando por dentro está desgarrándose. Aprendió a morderse los labios y no comer, para lucir como las modelos de pasarela europea que le enseñaba la televisión. Acotó normas sociales, desde la amabilidad hasta los cánones de belleza, y se adueñó de los sueños de su madre porque seguir el suyo era demasiado arriesgado; ya ni siquiera recuerda qué soñaba. Confunde y entremezcla sus propias ideas con las ideas inducidas; su esencia dorada se ha derramado en el suelo.

Literalmente, es una muñeca... y ya no nos referimos a su belleza, sino a su falta de vacío interno; no es hueca, sino dueña de un agujero negro devorador que lo chupa todo. Y, lo que no es chupado, ella se encarga de enterrarlo en cuevas submarinas de la parte trasera de su cerebro. Sólo contiene rabia, y dolor acumulado, que continúa creciendo en su subconsciente al no poder ser expresado como es debido. Ninguna emoción fluye de manera natural, sino que están encerradadas en cápsulas reguladoras que las contienen hasta reventar. Como todo puede explotar en cualquier momento, se asegura de estar sola la mayoría del tiempo. Se asegura de minar su alma con trampas y bombas para que nadie se le acerque más de lo necesario, para que nadie sienta por ella algo más que ganas de desgarrarle la ropa. Se asegura de que su vulnerabilidad mute a veneno, para jamás caer en un victimismo que pretenda generar lástima; se aferra con fuerza al placer superfluo que le produce la admiración ajena, su motor, y por ende se contiene. En público siempre se contiene. Pero ya ni siquiera debe pensarlo u obligarse a hacerlo: es una máquina sistemática, un robot programado, una autómata destructiva.
Tanto, que sus músculos se han tensado por lo mucho que se reprime. Reprime su hambre, su deseo sexual, sus impulsos, hasta que ya ninguno de ellos asoma la nariz. Es una persona amargada, que cada día anuda más fuertemente el nudo invisible que luce en el cuello. No tiene amigos verdaderos, porque no se lo permite, porque no hay espacio. No tiene libertad de elección, porque no se lo permitieron. No tiene voluntad para seguir respirando, pero sí metas que debe cumplir a rajatabla, obsesivamente, y son las que la sostienen en pie.

Ingenuamente cree que, si puede convencer al mundo de que todo está bien, eventualmente comenzará a estarlo. Ingenuamente cree que, si puede ignorar sus emociones, estas acabarán desapareciendo. Porque a Nika la componen 43 kilogramos de tácticas evasivas, y 1 metro con 65 de auto-mentiras piadosas.


    » BIOGRAFÍA


No se crió en un mundo de muñecas, Cenicientas y ponys. Se crió en un mundo lleno de amigos imaginarios, paranoias ajenas, obsesiones enfermizas y personas ojerosas con miradas desquiciadas. En su hogar, la palabra más frecuente era 'morfina', y otras terminologías médicas que su cerebro de 5 años no era capaz de procesar. Pero no importaba, no importaba que su padre le dedicara más tiempo a sus pacientes del manicomio que a su propia familia, ni tampoco que, muchas veces, llevara el trabajo a la casa, contaminando a su hija, porque gracias a él, las dos mujeres Wëgbver podían vivir holgadamente, con todas las comodidades que posee la clase media-alta. Pero, principalmente, porque, sin que lo supiera, Edgar Wëgbver ayudó a que su hija aprendiera la primera lección básica de su vida, cuando aún ni siquiera sabía leer de corrido: "yo nunca seré como ellos". No, jamás sería como aquellas personas si pudiera evitarlo. Ellos, personas perdidas, que no parecían pertenecer a este mundo, sino al mundo de sus pesadillas; la acechaban en sueños cada noche, y la intrigaban durante el día, provocando que pasara horas observando el estudio de su padre desde un lugar oculto y estratégico, esperando, espectante, algún grito que indicara el comienzo de un escándalo. No, no quería ser como ellos, ¿pero cómo no serlo? Vivía entre locos, y su mayor miedo cuando pequeña, es que aquellas enfermedades fueran contagiosas.

Al crecer, descubrió respuestas: La locura no era contagiosa, y podía evitarse si se mantenía el control sobre uno mismo. Si te comportabas como lo hacen todos, procurando no seguir ningún tonto impulso irracional, eras considerado una persona 'normal', y no necesitabas esos horribles electroshockes de los que siempre se hablaban en la cena.
A sus trece años, a base de prueba y error, llegó a la conclusión de que el control no sólo evitaba que enfermaras: el control lo era todo. Era una estudiante modelo, porque poseía una rutina semanal que se ocupaba, por escrito, de organizar sus tiempos, mayormente dedicados a la lectura. Porque adoraba que su padre alzara la cabeza de los papeles y le dedicara un segundo para sonreírle cada vez que ella anunciaba que se sacaba un diez. Como su padre no asistía a sus conciertos de ballet, ni de piano, abandonó aquello que le agradaba para poder dedicarse de lleno a la escuela. Pasaba mucho tiempo encerrada en su habitación, aislada de los locos, y aislada del mundo.
Pero la atención que obtenía no era la suficiente. Entendió que, las niñas perfectas no causan preocupación. Que las niñas perfectas pasan desapercibidas, porque se confía en que harán las cosas bien. Por aquél momento, además, estaba atravesando una etapa complicada, en la que comenzaba a descubrirse ante el espejo y no le agradaba lo que el reflejo le devolvía, así que, paulatinamente, comía cada vez menos, para ver qué sucedía.
Al cabo de unos meses, esporádicamente ingería sustancia sólida alguna, pero saboreaba gustosa su nuevo hallazgo: el control sobre sí misma, sobre su propia figura, y sobre su padre. Había comenzado a adelgazar de forma abismal, y esto alertó a Edgar. Perfecto. Dos pájaros de un tiro. Pero él parecía más enfadado de lo que Vero esperaba, y soltó las dos palabras más dolorosas que existen, al menos para sus oídos. Las dos palabras que rápidamente podían hacerle cambiar de opinión y de accionar, o al menos generar que lo intentara: "estás desequilibrada, estás enferma".

Su principio de anorexia no llegó a ningún sitio. Sólo fue eso, un comienzo, la punta del hilo que no se desenmarañó. Poco a poco, y bajo tratamiento y vigilancia, sus hábitos alimenticios se restauraron... y el tratamiento fue cortado de cuajo, para que nadie se diera cuenta de que la hija del famoso psiquiatra era una chica con traumas. Engordó. Engordó mucho, y nadie supo, o más bien quiso, ver lo que Nika, a través de sus altibajos con la comida intentaba gritarles.
Los Wëgbver siempre prefirieron ignorar los problemas que pasaran desapercibidos ante la gente, y ésta es una práctica que su hija también adquirió.
Esconder. Esconderlo todo. Esta práctica la condujo a no dicir nada cuando un ninfómano intentó abusar de su rechoncha inocencia de catorce años. Por esta misma práctica, Aleksdra, su madre, cerró la boca y abrió las piernas para su marido, aún sabiendo que obtenía los mismos favores en otras camas. Esta misma práctica llevó a Edgar a ocultar que las cosas en el instituto psiquiátrico iban mal. No importaba que fueran felices; importaba aprentar felicidad.

"Debes esconder la suciedad debajo de la alfombra. Que todos piensen que tu casa está limpia".

Pero el cuento se desmoronó cuando la muchacha tenía quince.
Aleksdra encontró a Edgar sin signos vitales, sentado en su ornamentada silla de cuero.
La autopsia lo delató como un suicida que había ingerido, intencionalmente, demasiados psicofármacos, pero a la gente de Leeds y a los periódicos en general se les dijo que había fallecido por causas naturales, por una enfermedad cardíaca que poseía hace tiempo. Otro secreto más que Nika debió guardar. Pero no le costaba, no. Sus progenitores le había enseñado a resplandecer por fuera, aún cuando cuando por dentro todo fuera lúgubre. Sabía que tenía que mantener la calma, porque a la gente que demostraba un ataque de histeria, le endosaban calmantes. Y los calmantes eran para los locos.

Sin embargo, su vida jamás volvió a restaurarse. La ausencia de su padre, y de todos los locos que deambulaban del living-comedor al consultorio, a toda hora, todos los días, acrecentaba la tensión entre Aleksdra y Nika, acrecentaba el silencio asfixiante. Acrecentaba el dolor asfixiando. Acrecentaba la existencia asfixiante, la sensación de ahogo.
Aún seguían sonriéndose cuando, por casualidad se encontraban en la cocina, pero Aleksdra le guardaba mucho rencor. ¿Por qué? Porque deseaba ser como ella: joven, y bella; porque desperdició sus años con un hombre al que tuvo que desposar después de quedar embarazada de esa niña no deseada. Todo el odio que debería haber lanzado contra su difunto esposo, lo lanzó contra su hija, reviviendo de las cenizas los viejos fantasmas desnutridos. Ésta comenzó a perder peso de nuevo, obsesionándose con tallas otra vez, pasarelas y kilogramos. Cada centímetro que aumentó desde sus trece hasta los dos años siguientes los perdió en unos meses, sacándose la etiqueta de 'niña relliza' que evitaba que la miraran con buenos ojos. Allí comenzó su cambio. Como un ave fénix, murió una parte de sí, y nació otra, igual de intricada, pero más delgada. Y el odio de Aleksdra, pareció irse con los kilogramos que Nika escupía.
Jamás le importaron demasiado los muchachos de la escuela, aunque alimentaran su alma. Era la atención de su madre la que más valoraba. Su madre, que, repentinamente empezó a alentarla, a apoyarla sin razón aparente, quizá porque se escudaba en el desparpajo de su hija para sentirse menos culpable por sus propios pecados: después de quedar viuda, se comportaba como una chiquilla, saliendo con hombres que dejaban bastante que desear, pero al menos la deseaban como Edgar no lo había hecho. Aquella mujer era, al mismo tiempo, su modelo a seguir, y la persona que más repulsión le generaba. Pero no interesaba. El orgullo de su madre era lo que necesitaba. Se devoraba como mendigo cada uno de sus halagos, de sus cumplidos, y llegó al punto de hacer cualquier cosa con tal de obtener más. Complacerla la llenaba liberándola.
Lo que Aleksdra le transmitía no era amor... pero era lo más similar que podría otorgarle, lo más parecido al amor que Verŏnika jamás hubiera conocido.

Con el tiempo, la rabia de Aleksdra mutó a una fuerte identificación con su hija. Proyectó todas sus fantasías sin cumplir en ella, cargándola negativamente con la presión que ésto significa. Pero Verŏnika desde pequeña, había cargado tanto peso sobre sus espaldas, y le sobraba tanto espacio entre las costillas, que jamás se dio cuenta. Estaba cegada el anhelo de querer hacerla feliz, así que realizó toda maniobra con tal de que ella la aplaudiera.
Al final, estaban tan mimetizadas que la joven ya sabía qué decisión debía tomar. Estaban tan mimetizadas, que las ideas de Aleksdra eran las ideas de Verŏnika. Que los sueños de Aleksdra, acababan siendo los de Verŏnika. El camino era obvio: tenía que continuar con la carrera de modelaje frustrada de su madre.

"Es para lo único que sirves, niña. Dios te dio el cuerpo, pero no el cerebro".


    » OTROS DATOS

GUSTOS:
Sentirse querida.
Darse un baño todos los días a las 9 de la noche. Adora, adora bañarse. Adora que el agua hirviendo golpee su cuerpo quebrable. Sí, siempre está hirviendo. No, no importa que haga calor. Nika siempre tiene frío.
Planear. Planear sus movimientos. Planear su día de mañana. Planear el asesinato de aquella morena que se cree tan cool. Planear, imaginar cómo sería ser la misma morena que se cree tan cool. Aunque luego no cumpla con sus planes, pero le encanta maquinarlos.
Armar horarios.
El chocolate.


HOBBIES|MANÍAS:
Cepillarse los dientes tres veces. Seguidas. Son más de doce veces durante el día.
Hacer maratones de películas los domingos para que el tiempo transcurra más deprisa.
Contar calorías.


DISGUSTOS:
Que se entrometan en su forma de hacer las cosas. Que le hagan muchas preguntas personales. Se siente atacada.
Que la miren mal. Que no la miren.
Los días domingos. Se le hacen deprimentes.
Los olores feos. A sudor, el mal aliento. Repele a las personas con mala o escasa higiene.
El chocolate.
La gente que intenta entablar conversaciones en los trenes u autobuses.
Las personas con bigote.


MIEDOS:
Despertar. Darse cuenta. Verse.
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E. Verŏnika Wëgbver
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Re: E. Verŏnika Wëgbver.

Mensaje por August Speltke el Vie Mar 04, 2011 9:48 am

Ficha aceptada. Bienvenida y que la pases bien. Recuerda hacer todos los registros.

__________________________________________


August Speltke
WHEN I HAVE FEARS THAT I MAY CEASE TO BE

A thing of beauty is a joy for ever:
Its loveliness increases; it will never
Pass into nothingness; but still will keep
A bower quiet for us, and a sleep
Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing.
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August Speltke
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